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INTERVENCIÓN DE RICHARD OASTLER ANTE EL COMITÉ PARLAMENTARIO PARA LA REGULACIÓN DEL TRABAJO INFANTIL EN LAS FÁBRICAS (7 julio 1832) ¿Se ha interesado recientemente por la situación de los niños y jóvenes empleados en talleres y fábricas en este país con la intención de proporcionarles una ayuda legislativa permanente? Lo he hecho (…) La circunstancia inmediata que me llevó a ello fue la información que me proporcionó un rico fabricante de hilaturas de que era usual que los niños trabajasen en las fábricas 13 horas diarias, con solamente media hora de descanso para comer; y que esto era lo habitual pero que en muchas fábricas trabajaban considerablemente más. Yo ya había observado antes la diferencia existente entre los trabajadores de los distritos textiles del West Riding, en el condado de York. Había observado una sorprendente diferencia entre cómo estaban en mi juventud y cómo están ahora, pero no me había preocupado particularmente por el asunto del sistema fabril hasta que se comunicó aquella información (…) Desde este momento decidí dedicarme al tema en cuerpo y alma, hasta que se aligere a estos pobres niños de su excesivo trabajo. Y desde entonces, 29 de setiembre de 1830, no he cesado de usar todos los medios legales en mi poder para conseguir la emancipación de estos inocentes esclavos. El mismo día en que se me comunicó el hecho, dirigí una carta a la opinión pública, en el Leeds Mercury, sobre el asunto. Desde entonces he tenido muchos opositores, pero ninguno de los hechos denunciados ha sido desmentido, ni podrá serlo (…) He evitado exponer los peores defectos del sistema, pues son de tal calibre que no me atrevo a publicarlos. Los efectos desmoralizadores del sistema son tan malos, estoy seguro, como los efectos desmoralizadores de la esclavitud en las Indias Occidentales. Sé que hay allí ejemplos y escenas de la más grosera prostitución entre las pobres criaturas que son víctimas del sistema y en algunos casos son objeto de la crueldad, rapacidad y sensualidad de sus amos. Nunca osaré publicarlos, pero las crueldades que se infligen personalmente a niños pequeños, por no mencionar las muchísimas horas que están obligados a trabajar, son tan enormes que con toda seguridad deshonrarían a una plantación de las Indias Occidentales. En una ocasión estuve singularmente bien situado, en compañía de un propietario de esclavos de las Indias Occidentales y de tres fabricantes de hilados de Bradford. Compararon los dos sistemas y los fabricantes tuvieron que callarse cuando el propietario de esclavos dijo: “siempre me consideré deshonrado por ser propietario de esclavos negros, pero en las Indias Occidentales nunca pensamos que un ser humano fuese tan cruel como para obligar a trabajar doce horas y media diarias a un niño de nueve años; y que, como ustedes reconocen, es lo que acostumbran a practicar”. He visto niños y niñas de diez años, tengo ahora en mi retina uno de ellos, cuya frente había sido marcada por la correa, cuyas mejillas y labios habían sido abiertos y cuya espalda había sido casi completamente cubierta de cicatrices negras; y el único crimen que este pequeño de diez años y tres meses había cometido era haber vomitado tres cardings, que son tres hilos de lana, de unas tres pulgadas cada uno. El mismo muchacho me explicó que había sido golpeado frecuentemente con el rodillo y que en una ocasión le habían colgado con una cuerda atada al cuerpo y casi se había muerto del susto (…) Conozco muchos casos de pobres criaturas que han trabajado en fábricas y a los 16 ó 17 años de edad, exhaustos después de una vida de esclavitud, están mantenidos en casas para pobres, no a cargo de los patronos para quienes han trabajado, como ocurriría si fuesen esclavos negros, sino por otras personas que no han obtenido ninguna ventaja de su trabajo. Estos son los hechos particulares que deseo declarar. Querría también llamar la atención al Comité sobre el sistema de manufactura doméstica existente en el West Riding de Yorkshire en mi juventud. Los niños de entonces acostumbraban a compaginar el aprendizaje de sus oficios con otros conocimientos y con diversiones y no tenían que trabajar fuera de casa desde la mañana hasta la noche, sino que trabajaban un tiempo y dedicaban el resto del día a su formación y por lo general estaban bajo el cuidado directo de sus padres. En los pueblos cercanos a Leeds y Huddersfield vivían respetables pequeños fabricantes de telas, que podían hacer una, dos, tres, cuatro o cinco piezas de tela a la semana, y siempre tenían a su familia en casa y se ganaban la vida provechosamente con la venta de lo que producían. Había devoción filial y amor paterno, pero no sobreexplotación. Este tipo de fabricantes ha sido casi completamente destruido. Ahora apenas si quedan unas pocas anticuadas manufacturas domésticas y los pueblos se componen ahora de uno o dos o en algunos casos tres o cuatro propietarios de fábricas y el resto son pobres reducidos a vivir en la estrechez y en general obligados a depender para su subsistencia del trabajo de sus menores. En pueblos industriales es muy común que los niños pequeños solamente vean a sus padres por la mañana muy pronto, a las cinco o muy menudo antes de las cuatro, cuando son despertados por un ser humano que les dice que es su padre y que les saca de la cama (se lo he oído a docenas de ellos) completamente dormidos, para ser conducidos somnolientos a la fábrica a la espalda de niños mayores y no volver a sus padres, en general, hasta que regresan por la noche para ser enviados a la cama. Este sistema impide el desarrollo del amor filial. Destruye la felicidad en el hogar familiar e impide a padres e hijos estimarse como la Providencia había planeado (…) Respecto a los padres, he oído a muchos de ellos declarar que les produce tal dolor pensar que son mantenidos por sus hijos pequeños y que éstos están sujetos a tantas incomodidades que no saben como soportar su existencia. Y he oído más de diez u once veces a las madres decir que preferirían morir a seguir soportando esta miseria. El efecto general del sistema es premiar el delito, y ellos lo saben: los niños y sus padres saben que si cometen hurto e incumplen las leyes serán despedidos y enviados a un correccional, donde no tendrán que trabajar más de seis o siete horas diarias. Con esta situación en los hogares de los trabajadores, no hemos de extrañarnos por el descontento, casi podría decirse desafección, de las clases trabajadoras. Creo que no se debe a otra circunstancia que a la completa inversión de la ley de la naturaleza, que convierte a los niños pequeños esclavos que trabajan para sustentar a sus padres y madres y deja a éstos desamparados en las calles lamentando sus desgracias. Creo que ahí reside la base de la desafección y el enfado de nuestro tiempo (…)” Esteban Canales, Siete paseos por la Inglaterra victoriana. Fuente: Parliamentary Papers, 1831-1832, XV, pp. 454-455. Reproducido en English Historical Documents, vol. 11, 1783-1832, pp. 740-742. |