EL TIMES OPINA SOBRE LA SALUD FÍSICA Y MORAL DE LONDRES

Se ha dicho a menudo que nadie que no sea inspector de policía conoce Londres como debiera. Nuestros primos del campo que vienen a la ciudad y visitan la Torre, la pequeña tienda de retratos de Trafalgar Square, el Coliseo y la Ópera, nada conocen de Londres. El negociante y el abogado en ascenso que caminan diariamente desde el West End a la calle Threadneedle, o al Colegio de Abogados, tampoco conocen Londres. Su conocimiento se reduce a dos distritos --el distrito en el que hacen el dinero y el distrito en el que lo gastan--. Para el mundo a la moda Londres consiste en Grosvenor Square, Belgravia, quizás incluso Tyburnia, los clubs, las habitaciones de Hanover Square y los jardines de horticultura de Chiswick; para los pequeños comerciantes, en su propia calle y la línea de carretera que conduce a los brezos de Hampstead. No es necesario seguir dando ejemplos. Con la excepción de la policía, y posiblemente de unos pocos caballeros relacionados con alguna de las Comisiones de Sanidad, sospechamos que sería muy difícil encontrar dentro de la ciudad a una persona que haya estudiado sus varios distritos con verdadera atención (...) Todavía hay distritos dentro del circuito de esta gran ciudad llenos de vicio y miseria, que deben ser purificados, física y moralmente, para poder reducir el calendario del Old Bailey [Tribunal Central de Justicia] a proporciones decentes y mejorar de manera permanente la condición de la población de la metrópolis. No debemos contentarnos con dejar focos de vicio aquí y allá y erigir estatuas ecuestres de Jorge IV. Esto nunca arreglará las cosas. Tampoco debemos quedarnos satisfechos con la purificación de los distritos desagradables. Hemos de facilitar lugares de refugio a quienes a quienes desean entrar en el terreno de la respetabilidad y la moral pero que, por falta de atención apropiada por nuestra parte, pese a todos sus esfuerzos son perpetuamente arrastrados arrastrados al remolino del desenfreno y el delito. Sin lugar a dudas en los últimos años ha habido grandes mejoras en la apariencia externa de la ciudad. El fuego, siempre el más eficiente auxiliar del arquitecto de Londres desde los días de Carlos II hasta la actualidad, ahora y entonces nos ha salvados de las dudas de la selección y los remordimientos de la demolición. Edificios públicos de notable pretensión se han erigido sobre los rescoldos humeantes de toros que poco aportaban al crédito nacional. Se han abierto grandes plazas y se han trazado amplias calles, con manifiesta ventaja y adorno de la metrópolis. Todavía mejor, algunos de los distritos más viciosos y miserables de la ciudad han sido purificados. Un niño puede ahora andar con seguridad por donde hace unos pocos años un hombre  vigoroso no habría pasado sin poner en peligro su vida. Pero aquí está el problema. Transferir el distrito vicioso de un barrio de la ciudad a otro no es una mejora real. Puede, sin duda, satisfacer a los habitantes del oeste de Bloomsbury y de Oxford Street conocer que un foco de vio como el viejo Rookery de St. Giles ya no contamina su vecindario; ¿pero desde la perspectiva pública cuál es la ventaja de su mudanza, si somos conscientes de que el grueso del vicio y del delito que antes se habían concentrado en este lugar dado ahora han emigrado a otro barrio o se ha diseminado y dispersado por toda la ciudad? Lo mismo diríamos del médico cuya habilidad no fuese más allá de transferir una úlcera de la pierna derecha a la pierna izquierda de su paciente, o de procurar su absorción por el organismo infectando con ello toda su sangre.

Esteban Canales, Siete paseos por la Inglaterra victoriana. Fuente: Times, 8 agosto 1851. Reproducido en Extracts from the Times